viernes, 20 de agosto de 2010

Hell's Pudding

A mi amigo "Tom",
cuyo nombre real no tiene ninguna de esas letras,
pero cuyo corazón las tiene todas, y repetidas...


Apuré de un sorbo paciente el final de mi copa, como si con ese último trago se fueran por el retrete todos mis problemas. Tiras de la cadena (alzas la copa), abres la boca y dejas que ese charco se pierda por tu garganta...

Era jueves, un jueves como cualquier otro. La noche acoge a parejas románticas paseando por la calle, los chulos con sus descapotables, y al fondo un poco del ajetreo se deja colar entre las cortinas que unos fornidos porteros sujetan para que no se vea el show ardientemente privado en el local.

-Nick, apúntamelo en la cuenta, ¿quieres?
-Por supuesto, señor Road.

Abandono el pub con mi chaqueta y sombrero puestos. Saco un pitillo del paquete arrugado, seguramente estrujado por la maldita novata del guardarropas… al menos es guapa. Comienzo a andar cruzando la plaza, rezando por no encontrarme esta noche con nadie. Esta noche no, por Dios, estoy hecho una mierda. Paso por una cafetería nueva, donde ponen unos helados de infarto. Tienen una especialidad que le llaman el “Hell’s Pudding”, y está de muerte. Te flamean un plátano partido en dos mitades (a lo largo, no en secciones). La parte plana hacia abajo. Encima colocan un bizcocho de crema y café. Le rodean dos bolas de vainilla y caramelo, y en la cúspide del bizcocho –cuadrado, por cierto- una bola de mascarpone, nata y un barquillo de galleta. Todo rociado con cacao amargo en polvo. ¿El toque del chef? Lo rocían con coñac frío. Es la mezcla más explosiva y buena que he comido nunca. 
Cuando terminé esa obra de arte, retomé mi camino de vuelta a casa.

-¡Tom! – Se oyó a lo lejos. Las formas en la oscuridad adivinaban una grata sorpresa. Pero no lo fue…
-¿Qué hay, Sarah?-le contesté. Llevaba un tremendo vestido rosa fucsia con piececitas brillantes. No, no eran lentejuelas. Todo el pelo recogido en una coleta perfectamente hecha, que dejaba sus grandes y preciosos ojos al descubierto. Ay, Sarah… Llámenme fetichista, pero lo que la hacía esa noche perfecta eran sus pendientes. De cada oreja le colgaban dos tiras finas de plata. Tan simples pero tan arrebatadoramente hermosos… a mí me dio igual. Ya me daba igual.
-Mmm… hace tiempo que no sé de ti nada –Me dijo. No respondí–.
Pasaron 5 segundos mirándonos a los ojos. Aparté la mirada. Ella prosiguió:
- ¿Oye, te pasa algo conmigo Tom? Noto como si me hubieras estado evitando estos días –qué curioso, la muy zorra se hacía la víctima. Nunca marcó mi teléfono. Bueno… una vez sólo. Y ahora que no la llamo viene con esas.
- No, no me pasa nada, hombre.
- Leí tu folletín, el que publicas en el periódico, y la verdad… no entiendo por qué cambiaste tan radicalmente la historia. ¿Era por mí, verdad?
- No, tranquila. Un amigo me pidió que diera un vuelco a la escena.
- ¿En serio?
- Te lo estoy diciendo en serio, sí… –le dije a la vez que aparté mi mirada. No puedo mentir tan fácilmente. Ya me descubriste, sí, tú, el lector.
- Tom, me gustaría tomarme un café-
- Es tarde Sarah… -le corté.
- Otro día, me refiero.
- Sí, sí… - Me quedé mirándola fijamente, un par de segundos. Tenía un tren a punto de descarrilar dentro de mi cuerpo, todo iba acelerado. El pecho iba a reventarme, pero mi mente funcionaba mejor aún (je je je, risa de avispado). Aparté aún más la mirada, aunque no quise. Aún sentía más vergüenza al ver cómo ella me miraba sin esconder ninguna idea tras su rostro, y yo haber jugado la carta del jinete utilizado. Vuelve a tu casa, ya has terminado aquí forastero, el resto, déjanoslo a nosotros. A mí nadie me dice lo que tengo que hacer. Esa idea es absurda, así que volví en sí. Volví a mirarla.
- ¿Recuerdas? Hoy es mi cumpleaños –Me importó, ni más ni menos, exactamente (y sin error), una mierda. ¿Qué hice? Una mueca. La del bandido con la cara rancia y que estira un extremo de su boca. Risa forzada. No era un chuloputas. Estaba siendo sincero, ¿no lo ves? No sé si a estas alturas os queda alguna duda de si soy tímido o no. Como no te oigo (aunque sigas gritando no te oigo –te lo digo con un tono burlón–), también me trae sin cuidado.
- Mi familia abre un nuevo salón de baile en Becker Street, cogiendo por esa calle la segunda a la izquierda –me dijo, señalándome con la mano–.
- Gracias por invitarme –dije sobradamente, pues no lo había hecho. Lo sobrentendí.
- No me las des, el placer es mío, como siempre –ya estaba de nuevo a la carga, peloteando.
Nos miramos otros 5 segundos a la cara. Sus ojos miraban a los míos, cambiando del izquierdo al derecho, con una sonrisa trasparente. Se acercó para darme dos besos y marcharse. Cuando iba a darme el segundo –muy lento fue el primero, qué le gusta que mi caldera hierba– me cogió del brazo y me susurró al oído:
- Tenemos que vernos. Quiero verte…
Y se marchó. Ahí, con esa sensualidad que pondría a relinchar a una cuadra entera, estaba yo más frío que el hielo, y agriado ante tal cinismo. Y lo peor de todo, es que pensaba que me tenía en el bote. Sí, me tuvo. Ahora… Tom Road estaba lúcido. Seguramente gracias al bourbon seguido de aquel Pudding del Infierno que me tomé apenas 15 minutos antes.


-Tenemos que vernos. Quiero verte… -le dije mientras le agarraba del brazo. Quería sentirle en mí, pero había mandado todo al garete. No sé cómo pude ser tan estúpida. Aquel intento de acercarme al camarero del “Loneliness’s Concubines” (no recuerdo cómo llegué a ese local, sé que estaba con unas amigas ¿en un local de tíos?... vaya ciego llevaba) fue una estupidez. Primero porque no me llevé nada a la boca (la metáfora va de comida, vaya… tampoco he arreglado el símil, arggg), y luego porque estoy perdiendo a Tom, si no lo he perdido ya.
Volví sobre mis pasos. Saludé a los Waitling que estaban sentados en la terracita del McRadnor’s.  
Mi calle estaba solitaria, pero el olor de Tom no se me iba de la mano. Hoy no llevaba guantes, y eso debería ser positivo, pero no sé cómo demonios seguía con su olor.  Me quité el vestido. Me metí en la ducha y… No esperarás a que te cuente qué hice ¿verdad? Sólo te diré que le susurré al azulejo que tenía a mi izquierda: “Ohh, Tom, Uhmmm”. ¿Te quedas contento? Maldito diario compartido…







2 comentarios:

CaleX dijo...

Hablando de novela negra! muy bueno, me ha gustado mucho. Estilo progresista, frases lapidarias y descripciones que llenan escenas. Me he enganchado desde la primera linea. Enhorabuena, un abrazo hermano, cuídate mucho.

Elena dijo...

mmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmm...........

Negro, sin duda, wai wai, abstracto incluso. Interesante. ¿Continuará?

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