Mostrando entradas con la etiqueta Bob. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Bob. Mostrar todas las entradas

martes, 27 de mayo de 2025

Bob XVIII: Añil fue

Pensaba en esa canción cuya música es siempre empuja a seguir... o es un salto adelante en caso de huída. 
Aullando en el desierto, son solo dos, pero son fuertes como un batallón.
No tienen hambre, no tienen sed, saben de sobra lo que hay que hacer. [...]
Tan solo quieren amarse, ir de la mano al desastre. Están pensando en fugarse, al mundo que han creado los dos; no hay tiempo para pensar. 

Bob recordaba esa canción. Se le re-significó varias veces en muy poco tiempo.
En su viaje lejano le daba fuerzas: la soledad de la vida cotidiana también necesita himnos. Otra canción –irrelevante ahora– le recordaba que al volver, en unas semanas, alguien le esperaba.
Y durante un largo trecho, estuvo (casi) completo.
(Si, casi. Yo se lo dije: no te engañes. No todo se busca afuera. A veces, como un armario, lo que hay dentro no se quiera mirar... Pero "la casa barrida, y los cajones mezclados...")

Como en todo largo viaje, dicen que quien se fue, no vuelve.
Pero si es la misma persona...¿no?
El nombre, el rostro, quizá hasta el cuerpo: iguales. Pero ya no era él.
Había hecho un viaje.
Los oídos eran los mismos, pero oían distinto.
Escuchaba distinto.
Observaba con una curiosidad más aguda, pero el prisma ya no era el mismo.
Sus pausas hablaban otro idioma.

La canción –aquella– sin previo aviso, transitó en significado.
En una noche más, fría y solitaria, la química se reordenó.
Las palabras... "aullando, son solo dos, ir de la mano al desastre, no hay tiempo..."
...
activaron otra sinapsis, otro puente, hacia una región no exporada.

Como en cada nuevo viaje: uno lo empieza, pero no sabe a dónde lo lleva.
Él sabía a donde quería ir.
Pero no a dónde le llevaría.

Se asomó por la barandilla del viaducto.
Las luces lejanas, inclinadas en ángulo en el horizonte, dejaron de ser íconos externos:
Ahora eran símbolo.
Un vértice de estrella estival.
Una herida de luz clavada en su pecho.

El camino se volvió, de nuevo, niebla. Misterioso.
Volver a viajar... ¿valía la pena?
Miró atrás.
Sabía que esas baldosas no irradiarían nunca más la misma emoción.

¿Estaba seguro de emprenderlo, una vez más, solo?

Un pie tras otro.
Imantado por la necesidad de respuestas a sus preguntas, sin darle tiempo a pensar si, al despejarse, la niebla revelaría un entorno afín, sin fin,
... o uno hostil. 

Añil fue.
Siempre miraba adelante. Pero esta vez, debía mirar hacia adentro.
Conectar. Sintonizar
Que sus membranas –visibles e invisibles– vibraran en armonía,
antes de enfrentar la ventisca que se avecinaba.
Su fuerza crecía.
Vibraba entero.

Como sus expectativas
La niebla empezó a disolverse.
Añil fue. Aunque
               ni la más remota idea
                                          fuera así.
Ungido en espeso desconcierto,
Dirigó sus pies a otro camino
               que se perdía de nuevo
                                          en la niebla.
Inercia solemne le invadió,
Avanzando sin remedio
                    hacia el autoconocimiento
                                                        más absoluto. 

Miró atrás.
Al antiguo atrás.
Y al reciente.
Y se dijo:
"Al lugar donde fuiste feliz, nunca has de tratar de volver."
Aquel verso, tras más de una década en su memoria, encajó perfectamente en los huecos de sus emociones más punzantes.
Y se adentró de nuevo en lo desconocido:
Sin saber cuán largo sería.
Sin motivación aparente.


Añil fue.




sábado, 24 de mayo de 2025

Bob XVII: El regreso

Una noche oscura. La poca luz de las farolas se escurren tren los flecos de ramas mustias pero frondosas de los árboles de ciudad, evitando cualquier paso en falso. 

No llueve, pero dentro de él es como si lo fuera. Un extraño en Moscú se llamaba esa canción. Es una canción que representa muy bien la soledad, pensó. La canción tiene es una espiral, y el estribillo acaba en una interrogación, y vuelta a empezar. ¿Cómo te sientes cuando estás solo, y sientes frío por dentro?. Y la canción no contesta, vuelve con otra estrofa... 

La soledad de la gran ciudad... Bob había vuelto a estar divagando sobre el asfalto, bajo el humo invisible.

Volver a comenzar, reconstruirse... Reconstruirse. Buscó esa palabra en la plataforma de música, como el que busca en un oráculo una respuesta que le arroje luz, o calma, o dirección... a donde dar el primer paso y ya el resto los seguiría donde por sí mismo. Y salió este poema en forma de canción: 


1, 2, 3, 4, 5, 6 son los segundos que me tomo para reconocer que es un nuevo día.
Las posibilidades pueden ser tan infinitas como un lienzo en blanco;
puede llenarse de ideas, formas y colores
que definen el sabor de este momento que persigo en la vida
en el que puedo soltarlo todo.
Tan en el aire, ciego.
Y volver a comenzar.

Quisiera poder inventar una manera fácil de reconocer si los que entretejen mi razón
que a veces cubren a mi corazón de la verdad que quiero expresarle hoy,
cerrar los ojos para respirar muy hondo y enfocar estas palabras    
que salen de lo más profundo que yo soy. 
Que me hacen sentir ligero,
respiro en cada momento. 
Y volver a comenzar, y volver a comenzar...

Y siempre digas que pensaré, que no existe un color o ligereza en el aire.
La vida fluye como el mar, las olas suben y bajarán, y hay que dejar que suceda. 
Y volver a comenzar, y volver a comenzar...
Y volver a comenzar, y volver a comenzar...


miércoles, 23 de noviembre de 2011

Bob XVI: Blutendkavalier


Una herida sangrante. Sangre espesa y oscura. Se tocó el pecho con la mano y palpó la biscosidad de aquello que brotaba silenciosa y lentamente de lo más hondo de su pecho. Luego se miró la mano; rojo puro. Si alguna vez alguien imaginó que la sangre no era como agua roja, esta vez vería su “sueño” hecho realidad – algo espesa, quizá, al entremezclarse con la secreción de alguna glándula o parte seccionada que cualquiera sin conocimientos en medicina desconoce.
Le habían herido. Aquello le dolía como cuando su mano se quedó entre el interior y el exterior del coche... maldita puerta. Era aún peor. No podía gritar. El dolor le había devorado las fuerzas de gritar. Sin embargo no presentaba muestras de corte alguno, ni tampoco de una perforación de bala. Aquello se dividió entre parte y parte, y el vacío de una extraña fuerza se abrió camino entre sus entrañas.
Indagó en los últimos recuerdos antes de despertar, antes de estar consciente. Se asomó al borde de aquella balconada. No entendía nada de lo que estaba viendo. Vio cómo cómo iban a aquel teatro, salían, cena y copas, pero vio como ella se divertía, y ahora él no estaba ahí. Vio esa película a través de la balconada mientras la camisa empapada seguía sin poder contener los regueros que bajaban a las piernas tendidas, derrumbadas en el suelo. A penas podía alzar la cabeza ante la escena.
Entendió que esa herida no sangraba por un ataque o por una pelea la noche anterior, ni por un accidente desafortunado en un traspié con “don alcohol”. Entendió al fin que las heridas que sangran lenta, espesa, y oscuramente son las malditas heridas del corazón.
Arrancó la manga de la camisa empapada y se taponó la herida. La introdujo como pudo en aquel pequeño abismo palpitante, pensando en que una balsa húmeda era más compacta que una seca y absorbente. Menuda tontería... Al menos le sirvió para tranquilizarse un poco más. Se incorporó sujetándose fuertemente a la baranda de piedra y miró por última vez a aquel esperpento. Miró con la cabeza inclinada hacia abajo, mirada penetrante forzada, cejas arqueadas a la ira, y la rabia traducida en un puñetazo que salpicó de sangre la piedra, antes de volverse y salir de aquella noche roja y negra.

Dejó allí la marca rojiza de sus entrañas.
Despedida lacerada.
Carne trémula.
Lágrima desgastada. 

Red & Black
(por ..MisDan..)

viernes, 11 de noviembre de 2011

Bob XV: Rayo de Luna

Window in the Night
(por Willrad)
      "La Luz de la luna se cuela por mi ventana e ilumina mis piernas y... recuerdo cuando te enviaba, cada día antes de dormir, besos por la ventana. Creía que te llegaban, que los recibías... Quiero pensar que fue el viento quien los desviaba, en vez de que... en vez de comprobar que no valían la pena. En vez de que quizá los recibiste y te los quedaras para tí sin decírmelo, ni hacerme cualquier gesto que confirmara los míos. Prefiero todo eso antes que pensar en que los recibieras y no quisiste decir nada; que no tuvieras nada que decir.
      Hoy me duermo con una sonrisa tranquila, un corazón cansado y el alma algo desgastada, que no cree haber perdido el tiempo sino ganada más vida, a pesar de seguir yendo sola por este tortuoso camino. El camino de la vida."

martes, 1 de noviembre de 2011

Bob XIV: Introducción al Sueño Automático


Se puso ropa cómoda y se sentó mirando por la ventana. Noche cerrada con algo de resplandor que venía del paseo del río, junto al puente.
Cada segundo que pasaba era testigo de cómo se iban consumiendo gotitas de lucidez, de cansancio y de la vida que había estado llegando. Pensaba que ahora mismo ellos dormían. Que, aunque antes era habitual trasnochar, ya él era el único que lo hacía. Posiblemente era una forma de huir de la gente, de conseguir un tiempo solitario, propio, del que pocos eran testigos; de una búsqueda de identidad.

Miró el reloj y las 3.25 a.m. atestiguaban su ahora más acentuada solitud. Ahora, cada uno de su grupo cercano seguía con con su vida. Mañana uno madrugaría para proseguir con el estudio, otra lo haría tras dormir poco para encaminarse a la rutina del trabajo a pesar de ser día de fiesta y concentrarse en la interpretación el día completo. De la otra persona estaba muy alejado, pero podía adivinar con bastante precisión que llevaría un día bastante similar al de sus “camaradas”.
Tenía la sensación de que en realidad ellos no habían desviado el rumbo de a lo que parecía que se dirigían, pero las últimas sensaciones era de que él tenía que ajustar la trayectoria y volver a su carretera.

3.30 a.m., la hora de desconectar de todo el mundo y dedicárselo a sí mismo. Agotar su pocas fuerzas restantes con alguna distracción en el ordenador y caer rendido en la cama, para no dejar ni un sólo segundo para pensar lo más mínimo en el mundo, en la gente, en ellos, en ella. Todo lo que acaba lo hace para dejar paso a algo nuevo, o eso dicen. Él no veía futuro, ni se planteaba el presente y no quería ni mirar al pasado. Sólo se propuso una cosa: seguir un tiempo con el piloto automático...





domingo, 18 de septiembre de 2011

Bob XIII: Realidad de un sueño



    Estaba a punto de marcharse a dormir. Al día siguiente tendría una reunión extraordinaria. Los jefes de la empresa darían el veredicto sobre los proyectos en un acto público. Después de más de 2 años, Bob consiguió pulir los últimos detalles y presentarlo a la convocatoria.
    Se levantó exhausto, justo como nadie debe levantarse el día que está en juego su reputación y su futuro. Miró el reloj – faltaban aún un par de horas; lo justo para darse una ducha fría, desayunar mirando por el balcón e intentar olvidar la estampa del sueño, y bajar decidido a enseñar al mundo como se hace un trabajo honrado, trabajado y labrado con tesón y fuerza.

    Aquel sueño no lo dejaría en paz en todo el día: trataba de aquella chica y de un encuentro agridulce. Iban caminando hacia una pizzería. La noche se adivinaba estupenda y melosa. Además, fue divertida – pizza y bromas, sonrisas y miradas el uno al otro que desnudaban sus almas. A la vuelta, un beso en la mejilla en la despedida fue respondido con otro en una zona más cercana. Pausados, él resolvió con besarle la comisura de los labios, tímido gesto. Ella le imitó y se quedó cerca. Para cuando se fueron a besar apareció otra persona que le apartó de ella bruscamente. “¿Y tú quien eres? ¿qué crees que estás haciendo?” le gritó con furia. “Ey tío, hablemos”. “Te voy a matar”. “No voy a pelear contigo, aclarémoslo hablando, deja que ella decida” le instó Bob en el sueño. Empezaron a forcejearse... pero se despertó.

    Cuando se despertó, empapado en sudor y en una triste sonrisa, recordó las fotos en su recuerdo de cuando ella le ofreció el plato de pizza con la mirada más tierna, inocente y juguetona con la que nadie le había mirado nunca; el momento infantil de los besos y el largo, lento y tierno abrazo previo.
    Sacudió la camiseta para airearse y refrescarse separándola de su torso. Menuda dulce pesadilla, o menudo sueño truncado. Miró el reloj para iniciarse a la velocidad adecuada para llegar lo más tranquilo posible a la reunión. Aún no podía creérselo, después de tantos meses de trabajo, después de esa noche de sueño, después de aquel día que la vio desde su terraza.
    Ahora eso importaba sólo para ver el vaso medio lleno. Era un impulso grande. Parte de un gran impulso personal – su persona volcada para mostrar su forma de hacer las cosas, de enseñar al mundo cómo él hacía las cosas, con el sello inconfundible que ha estado dejando todo en su vida.

sábado, 14 de mayo de 2011

Bob XII: Una ciudad en una ciudad

Es curioso ver como todo se transforma...

Hacía poco que él había retomado su viaje en solitario. Nada de lo que arrepentirse en el pasado. Nada de lo que esperar del futuro. Sólo saboreando cada partícula del presente. Y una de esas partículas es un fenómeno bastante extraño:
Siempre iba al trabajo por una misma ruta, la más corta (apurar el tiempo es uno de sus principios, algo arriesgado pero divertido), aunque últimamente la misma ruta no era la misma. Le sorprendía de nuevo ese fenómeno que antes en otra ocasión le pasó. Por el camino al trabajo había calles que emergían hacia la izquierda desde la vía principal por la que iba con su bici. Estos días atrás miraba por esas bocacalles para ver si venían o no coches antes de cruzar pero... se les revelaba como nuevos mundos. Miraba a una de las bocacalles y siente ese temblor interno de descubrimiento, de la belleza que hay escondida allí un mundo que antes no veía... y eso que ella no vivía por la zona (bromas adolescentes por exceso de calor).
Le resultó curioso porque le parecía un barrio "extranjero", ajeno, estúpidamente ajeno a él. Estúpidamente porque vivía bien cerca. Era bonito ver todo lo que le hacía sentir ese barrio; deseaba recorrer cada calle y observar cada parcela, cada puerta, cada zona verde y cada cosa que pertenecía a todo su perímetro, como el niño que indaga en nuevos juguetes. Esa emoción pero de diferente manera. Sentía que quería conocer a gente de allí, de pertenecer a ese barrio. (Todo es extraño, lo sabe, pero es así).
Le resultó también curioso (y estúpido) porque no era el barrio en el que vivía ella, y eso que era "agua pasada, tierra quemada". No era lo que pasaba antes, que se quedaba colgado de la chica luego de no haber futuro. Siempre se convierte en veto de caza los aledaños, por futuros encuentros, miradas furtivas y una psicótica caza de "voy a ver/me van a ver aquellas personas que no quiero que me vean/me reconozcan, y absurdamente sigo buscándolas entre los que están...". Y es que ésta no era la zona donde solía estar ella, pero era del estilo del triángulo, del otro ángulo, y cualquiera le recordaba a aquel vértice.
Se guardaría para sí esa emoción que le resultaba demasiado bonita y demasiado ininteligible para (casi) todos. Ésta vez, el gancho de la zona y la chica se habían roto, una novedad que no entendía pero que le parecía más que interesante, a saber...

Decidió quedarse con la idea de ser una muestra más de saber ver la belleza entre los segundos de la vida, en cada recodo cotidiano y común de cada pared, cada acera, cada árbol, cada todo... "Y pensar que esta ciudad no es la mía y aún así de vez en cuando aflorar algún oasis pasajero como éste... pero sigue sin ser la mía, ni mi gente, ni nada por el estilo; yo no encajo en este puzzle".
Mantenía esa concepción de pasión por ese barrio que conocía desde chico y que realmente no conocía a penas y que se revelaba ante él como nuevo y sorprendente, cálido, agradable, ensoñador... ¡y eso que no lo conocía!. Mantenía esa idea, aún sabiendo que una pequeña parte de esa sensación era un "desvío inesperado por una carretera secundaria de aquella chica". "La suerte de todo esto -pensó para sus adentros-, es que es algo que se apaga en una zona externa al conflicto"...
Se armó de lápices, libreta de bocetos y algún sacapuntas y una goma. La noche menos pensada, la más inesperada, retrataría ese edén temporal de la emoción...
Bob escribió estas líneas sin encontrarle mucho sentido, pero le daba igual, "es lo que hay" se dijo a sí con el medio vaso agrio, y el otro medio (medio lleno) de placebo.

martes, 22 de febrero de 2011

Bob XI: El silencio que duele

Trabajar constantemente,
agotar todo el tiempo del reloj de tu mente,
agotar toda energía para evitarlo…

Sacó su portátil y continuó editando su libro. Lo hizo todo lo rápido posible, sin quitarse si quiera la mochila de la espalda, hasta que pasó un buen rato. Las ansias, los nervios, o aquello que fuera que casi lo contorsionaba, le llevó a tener gestos de ese tipo. Primeros auxilios de una escapada mental. 

La gente no se para nunca a pensar. Temen pararse. Sentir ese vacío, las preguntas que no saben responder ni formular… ¿Qué estás haciendo con tu vida?¿Qué quieres de tí? ¿Qué estás haciendo ahora mismo por ti?… Ni ninguna ni todas las respuestas quería contestar Bob. Sabía que quien sabe donde está realmente no tiene realmente ni idea de ello. O hablan tanto de sí mismos que se pierden en su mundo

Siguió esbozando unas líneas calentando el motor de su mente, antes de seguir con la edición… miró aquella web con sus textos, aquellos que por impulsos escribe en ratos libres, pero… pasó y se fue. Ningún comentario. Sabía que lo leería, o que habría muchas posibilidades. En un arrebato empujado por el cansancio, las burbujas, y alguna idea desesperada, le envió el enlace en un mensaje. Nada. Nada. Todo es nada, ese nada lo decía todo.


Agotar toda energía para evitar;
evitar pensar en lo que no iba a pasar,
pensar en una fantasía magullada...

Cerró la ventana, abrió la otra (la que da al balcón), y Bob siguió editando el libro…





sábado, 10 de julio de 2010

Bob X: Castillo de arena / niebla voluntaria de un pétalo más

Se levantó, cogió su fardo, se alisó la camisa de explorador todo lo que ésta se dejaba y se dispuso a ir hacia la izquierda, a pisar el puente que le llevaría a aquella nueva tierra. 

Pensó que al fin era la hora de cruzarlo. Se dirigió creando pisadas nuevas hacia un puente que no unía caminos, sino tierras. Ilusionado, una sonrisa se le dejaba ver en el rostro. Iba a abandonar unas tierras marchitas para introducirse en aquellas nuevas por explorar, enfrente, comenzando por la nueva cornisa que divisaba al otro lado del puente. 
Algo nervioso, aceleró un poco el paso hasta que al llegar El Guardián de las nuevas tierras apareció bloqueando el puente:
- Reconozco el interés que tienes en cruzar el puente, tu mente pura y transparente. Tus intenciones no son otras que explorar nuevo mundo, pero tienes que esperar aún veinte días más.
- ¿Pero… por qué? Es decir, al menos dame una garantía de que tras esos veinte días mi contemplación no será en vano –dijo algo decepcionado Bob.
- No puedo garantizarte nada salvo un no en este justo momento. Quizá con el tiempo…
El guardián no concluyó la frase. Pasaron unos segundos de silencio. Sólo se oía una ráfaga de viento que levantaba algo de polvo.
- Quizá con el tiempo, ¿eh? No puedo pasarme contemplando la nada, la guinda difuminada, durante veinte días sin tener tu palabra –dijo Bob a El Guardián, que seguía en silencio. Tras unos segundos, Bob continuó–. No puedes seguir alentándome a esperar un futuro próximo donde se podrá cruzar y luego, cuando se va alcanzar el punto álgido, no resolver la tensión, diciéndome quizás con el tiempo. No hables de tiempo medido si la medida no conoces.
El Guardián no dijo nada. Permanecieron un minuto frente a frente: Bob indignado, El Guardián, con la capucha bajada como de costumbre, congelado sin un ápice de movimiento. El Guardián, finalmente se pronunció.
- No tengo más decir. Quizá con el tiempo, los cimientos del puente (y no el puente, que como se puede ver está construido) sean fuertes y consistentes. Más no hay que deba ser dicho…
- Eso… ¡eso es miedo! ¡Miedo a que alguien cruce esas tierras, las descubra, como antes otros las han descubierto; miedo a que cuando las explore dañe siquiera un arbusto; miedo a que cuando las recorra sea como exploradores anteriores o las descubra sin ningún tipo de niebla que esconda recodos, esquinas sin luz, rincones ocultos! Eso es miedo, sólo miedo. Y la cornisa seguirá ahí, aislada (qué curioso que “isla” está desordenada dentro de esa palabra). ¡Guardián, el puente siempre estará, o uno mejor, más bello e imponente quizá, pero si seguís con ese miedo, con esas nieblas, jamás alguien podrá cruzar, porque seguirán viniéndose abajo esos puentes que anunciáis sólidos quizá con el tiempo!

Acto seguido, con un halo de un “adiós” en silencio, el Guardián dio media vuelta y se dirigió hacia su cornisa, desapareciendo poco a poco con cada paso hasta la transparencia absoluta al llegar al otro lado del puente.

Bob se quedó unas horas allí parado, cansado y cabizbajo… En realidad estaba decepcionado, no por no cruzar, sino por las Nuevas Tierras y El Guardián de éstas.

Pronto sintió una celeridad. Una celeridad física y no psíquica. Miró a sus pies y vio que no hacían contacto con el suelo. Estaba levitando. Muy poco a poco pero acelerando, siguió ascendiendo, extrañado, sorprendido de lo que le pasaba sin saber ni cómo ni por qué. Seguía subiendo y subiendo… y subiendo más. Ascendió lo suficiente para divisar varias cornisas, y la que tenía enfrente antes se perdió entre muchas otras, creando un paisaje como si de acuíferas que decoran un pantano se tratase. Ya no veía una cornisa con niebla frente a sus ojos, sino que divisaba varias, desde arriba. Ahora no andaba buscando puentes, él era explorador y puente a cada cornisa que tuviera en mente.
Ahora, sólo tenía que decidir cuál era la siguiente tierra a explorar.

viernes, 25 de junio de 2010

Bob IX: El pinar que esconde la playa

  Miró al frente. Allí estaba: la nueva tierra, tras aquella cornisa.
  Recordó por un momento las palabras que El Guía tiempo atrás le advirtió: "Sólo te pido que esperes a que el puente esté terminado, y que esta cornisa se afiance". Sabía que le permitiría el paso, que esa nueva tierra estaba dispuesta a concederle el paso, es más, lo deseaba allí consigo.
  Volvió a mirar al frente. Luego un poco a su izquierda. El puente. Estaba terminado, pero sabía que aún no era el momento de cruzar y quedarse al otro lado, para no volver atrás. "esperes a que el puente esté terminado, y que esta cornisa se afiance".

Estaba seguro de que lo que ya tenía tras sus espaldas allí debía quedarse. Sólo que, aún no era el momento de cruzar el puente y que éste forme parte de lo pasado.
"Debes ser paciente" se repitió interiormente, luego en voz alta para sí. Pero Bob ansiaba cruzar y explorar esas nuevas tierras, nuevas fragancias, colores... otro mundo al fin y al cabo. ¡Lo deseaba tanto! Así pues, Bob dejó su fardo, se fijó por última vez en el espejo que le reflejaba de donde venía, esas tierras por las que había pasado, y cruzó el puente, seguro de sí mismo, y así pudo acariciar los primeros metros de tierra de esa cornisa del nuevo mundo con sus propias manos. Esa orilla, la más fina capa transparente, antecedente del cuerpo original. 

¡No, no! No está cruzando para quedarse. Sólo quería verla un poco, sólo el principio de lo que espera. Se quedará e indagará a fondo esas tierras tan deseadas sólo cuando los cimientos del puente estén algo más sólidos, una pizca más de lo que ya parecen estarlo...

..."Debes ser paciente... ser paciente"...



"Así pues, Bob dejó su fardo, se fijó por última vez en el espejo que le reflejaba de donde venía, esas tierras por las que había pasado, y se dispuso cruzar el puente, seguro de su decisión, y acariciar los primeros metros de tierra de esa cornisa del nuevo mundo con sus propias manos."

Ilustración improvisada por Kalle Eremit (24/6/2010),
tras esbozar el texto.

martes, 22 de junio de 2010

Bob VIII (bis): ANEXO [ilustración improvisada]


Bob hizo caso al guía. Soltó el fardo, retrocedió unos pasos, se acomodó y se percató de que el guía no estaba en la cornisa de enfrente. No obstante, el espejo seguía allí. Dirigió su mirada al infinito mientras que el puente seguía construyéndose. No sabía si la construcción iba a ser rápida o lenta.

"Es hora de reflexionar…" se dijo internamente.
 
 
Ilustración por Kalle Eremit, improvisada en un concierto de Jazz improvisado.
21/6/2010 - Día Músical de la Música

domingo, 30 de mayo de 2010

Bob VIII: La cornisa, el guía y el espejo.

Era el momento de saltar al otro lado.
De un filo a otro distaba escaso metro y medio, pero suponía demasiado. En medio, un inmenso abismo oculto entre nieblas. “Una gran caída” pensó.
Bob acabó en ese filo, en ese fin del mundo en que había estado viviendo. Ahora quería coger carrerilla y saltar, dejarlo atrás.

Dicen que antes de dar un gran salto uno tiene que estar convencido. Muy seguro de lo que va a hacer, del salto, pues volver atrás no lo permite el reloj, y sería un engaño. Algo bien distinto sería no saltar, pero sí seguir en ese borde y buscar otro al que saltar, diferente al que tiene ahora enfrente, ahí mismo.
Pero Bob no se sentía tan seguro como parece que hay que estar en esas historias que todo el mundo cuenta. A veces hay que saltar aunque no se esté seguro del todo, porque ¿quién sabe si esa cornisa fina de tierra mañana se resquebraja y se cae, quedando más lejos que ahora?

Cuando llegó a la encrucijada no se acordó del tiempo y la tierra tras sus espaldas. Fue entonces cuando apareció un guía en aquella nueva cornisa. Un guardián del umbral de las nuevas extensiones. Hizo éste un movimiento circular con la mano al ver que Bob estaba a punto de saltar, y apareció un espejo. Tal aparición coincidió con un rayo de luz que lo deslumbró, y al incorporarse, Bob vio sin proponérselo aquella tierra que había pisado, y recordó aquellos tiempos en que aún estaba en el camino que la recorre. El guía le advirtió:
- Has de saber que toda acción repentina deja una idea que se evapora con el viento. Estoy convencido de que quieres saltar, y te acompañaré en este nuevo camino en que quieres adentrarte. Sólo te pido que esperes a que el puente esté terminado, y que esta cornisa se afiance. Así, tu intento de entrar no será en vano. Más he de advertirte: al entrar en estas tierras, por tu propia voluntad, tu eres aquí el invitado. No eres el dueño de estas lindes. El espejo te será de ayuda. Tú decides entrar, pero no eres el que debe mandar. Atente a las consecuencias que tus actos traerán.

Bob hizo caso al guía. Soltó el fardo, retrocedió unos pasos, se acomodó y se percató de que el guía no estaba en la cornisa de enfrente. No obstante, el espejo seguía allí. Dirigió su mirada al infinito mientras que el puente seguía construyéndose. No sabía si la construcción iba a ser rápida o lenta.
"Es hora de reflexionar…" se dijo internamente.

domingo, 16 de mayo de 2010

Bob VII: La Playa

A veces Bob piensa en la playa. Le ayuda a pensar en un nuevo mañana. Limpia como un día nuevo, sin estar “en talleres”, sin mirar atrás, y estar abierto al después.

Le recuerda a esos días veraniegos de su infancia. Le encantaba ver cómo el coche iba colina arriba, colina abajo, entre olivos, luego pinares, y la arena. Buscaba en cada pliegue algún indicio en que el cielo se cortase secamente y le siguiera una capa de azul oscuro. Y era porque debajo de ese azul, el contraste con la arena lo hacía mágico. No ha sido plenamente consciente de todo esto hasta ahora, porque piensa en la playa como símbolo de la juventud y esperanza. Juventud en cuanto a limpieza, frescor, libre de prejuicios y agobios, sin ayer, y sin mañana, sólo el ahora…

A la vez, la playa le resulta nostálgica. Reflexiva, solitaria, punto de meditación. Cada vez que ha pasado una temporada en la playa (más de un día) ha sido como poner una película en pausa: “a ver, ¿qué ha pasado hasta ahora? ¿A dónde hemos llegado? Bien, pongamos todo en claro antes de continuar a cualquier otra parte, porque si casi todo falla es que yo también fallo”. Hoy, Bob no sabe nada del mañana, y el ahora lo está tirando poco a poco por la ventana, sabiendo que no está bien, pero que no quiere hacer otra cosa que ver como grano a grano la arena cae y se lo lleva el viento que lo separa entre su mano y el suelo veintiún metros más abajo. ¿El futuro? No existe.

Como el Ying-Yang, blanco y negro, frío y caliente, pasión y tristeza.



domingo, 2 de mayo de 2010

Bob VI: Psicoromántico buscando la paz emocional

Las puertas están abiertas.

Se dispuso a salir por la puerta de atrás, por el callejón y dirigirse al centro. De repente, se dió cuenda de que estaba en una película. Los lugares por donde pasaba todos los días ahora resultaban tierras ajenas. Era toda una aventura. Empezó a caminar. Torció a la izquierda por una calle llena de naranjos en flor. Después a la derecha, hacia un cruce principal; izquierda, derecha, y otra vez izquierda.
Ya podía oler esas tierras en las que iba a entrar. El aljibe en el margen de estribor, el apóstol a babor, y de la mano del almirante atravesó las puertas de la ciudadela. Una sensación extraña se adueñaba de él. Como vigilado sin que nadie le viera, extraño, cohibido, como en una fiesta a la que no estás invitado.

Bob siguió andando. La marea de gente seguía pasando. Ejecutivos, niños de la mano de sus padres acudiendo a clase; algunas van de compras, otros fotografían las escenas.

A nadie le importa,
nadie le está echando fuera,
nadie le recrimina nada,
nadie le espeta “aquí no eres bien recibido”.

La tierra por la que pasaba antes no le era ajena. Aquel callejón romántico, aquella galería independiente de arte, el olor a albero, el olor a humedad verdosa de los jardines resguardados tras los muros de casas centenarias, las charlas distendidas entre damas de noche y azahar, uva fermentada y cebada fría.

Atravesó la zona hasta llegar a uno de sus límites, dejando la muralla a la izquierda, pasando por la fuente que humedecía antaño las nicotianas. Llegó a un barrio ajeno a La Zona tras cruzar el río. Se sentía liberado, además de entretenido porque tenía compañía esa noche.

Rodeo grandísimo, y vuelta rodeando las murallas. Tranquilo, porque no olía a uva fermentada, cebada fría, azahar ni verde húmedo.

Basta ya.
Se acabó.
No más palabras.
No lo vale. No las merece.
¿Y por qué tantas?
Porque se siente solo...

Bob cogió su mochila, espalda erguida, de frente. Con muchísimo trabajo, cara al frente, aunque se caerá mil veces más, decidió tratar de romper el viento, despejar la niebla, tirar las estrellas y la Luna, y poner unas nuevas. ¿Qué no las tiene ahora? Tranquilícense, ni en un día ni en siete, poco a poco se construye un mundo.

Bob no estaba feliz, pero nadie lo está cuando empieza de cero, ¿verdad?.
A veces, hay que hacer girar muchas veces la rosca para que prenda el mechero y empezar a mirar.

viernes, 30 de abril de 2010

Bob VI: (preludio) Reflexiones agriamente ahumadas

...Y buscar entre tus líneas una ligera referencia a añorarme. Algo que diga que -aunque muy camuflado en el párrafo- aquello fué algo de peso - se dijo Bob para sí..
El adjetivo que Bob se puso al ver que eso no pasaba es evidente: idiota, inocente, iluso. Pyramid Song suena a hoja caduca, dorada por el otoño que enfría al verano. ¿La metáfora de todo? Fácil y muy claro, se ha convertido en Invierno. Invierno de novela negra, donde todo es en blanco y negro, volutas de humo, alcohol gris en un espectro de cristal. Rostro oculto, sin luz desviada por un sombrero. Sentado, despreocupado en poner la espalda derecha, las piernas distendidas, algo abiertas, copa en mano, Bob observa con nostalgia a aquella bailarina de cabaret que seduce con su feminidad, pero que al hablar parece una señora venida de otro mundo.
Sí, otro mundo. Mientras él recuerda todo cual faquir novato, ella siquiera suspira una sola vez recordándolo. Bob se distrae con revistas y trabajo, y alguna que otra escapada, mientras que para ella fué una esquiva mala noche pasajera. A ojos externos, al menos, sí...

jueves, 8 de abril de 2010

Choque entre dos aires

Y mientas escucho “Chicago” versionado por la Rosenvinge y los Vetusta recuerdo a Sufjan y aquel “Eres la Sangre” (versionando a Los Castanets) que tanto me recuerda a ti. Ahora no escucho a ninguno, salvo a los Morla, que acabo de meter en el iPod.

Hasta que no vuele allí, no podré ‘Ilinoizarme’.

Tan cerca pero tan lejos. Aún huelo como vuelas por las avenidas, rozas los empedrados y recodos judíos, y te reclinas en una azotea que existe sólo en mi cabeza viendo como la ciudad se va a dormir y a pensar quién sabe qué sobre la vida, el mundo, sobre ti…

Versionando al 'jefe':

“Iré a Granada a inventar una ciudad,
en la que no ondee tu bandera;
cruzaré puentes y heridas
para arrastrar mi vida
tras las fronteras de la soledad.


Otra vez a volvernos del revés,
a olvidarte otra vez en cada esquina,
bailando entre las ruinas
por desamor al arte
de regarte las plantas de los pies”.

Te imagino como un banco en la noche, solo en la penumbra, viendo como todos pasan, cómo el desconocido que se sienta al final siempre es arrastrado por una cuerda invisible que tira y se lo lleva. Y tú sin cuerdas ni brazos ni nada que retenga, o al menos que utilices, salvo tu atmósfera y leyendas... Como un barco en la costa, divisado desde la playa (Sí, la metáfora es de las malas, ¿y qué?). El barco parece venir, pero en realidad aunque su quilla parece apuntar hacia el más necio de los tumbados en la arena, regateando el anhelo, en paralelo se desliza y flota contra marea. Ni llega, ni lo ves cerca, ni recorrerás sus entresijos. Las puertas están cerradas, a cal y canto. ¿Oxidadas? Sin voluntad no hay resquicio. Las puertas están cerradas. Te arrojas al precipicio. ¿Y yo? De vuelta a otro principio.


¿Quién dijo que es fácil? Nada es fácil. Pero no imposible.
El óxido víctima de voluntad pasiva lo hace imposible.

Las puertas están cerradas. ¿Las llaves? En tu océano.
P.D.: No hace falta decir qué deseo... pero bien distinto es lo que quiero.

miércoles, 31 de marzo de 2010

Carta a Bob

"A mi primo el Nano"
28 de Marzo

A pesar de que se presente esa nube negra que ha pasado por distintos estados en muy poco tiempo, tengo en cuenta que rezas para que los trenes se equivoquen de estación, pero has hecho lo que debías, las medias tintas para los cobardes.
Para la gente como nosotros la carrera no termina hasta que no hemos cruzado la meta una seis o siete veces.
No digo que resucites en ese viaje pero empezarás a estar poco menos muerto. Cuando se propone algo que le interesa de verdad se echa hacia hacia delante, igual que si de ese modo le ganara medio metro a la duda.

Lo bueno de las cosas imposibles es que te permiten buscar alternativas, y yo tengo una: vámonos a aquel sitio donde se iluminan los sueños a las 2 de la mañana.
Por la mañana quizás no son tan amigos, pero no por nada, sino porque sencillamente no van a la misma velocidad. Las cosas hasta el final, que no tengas que decir que tu conciencia es dos tallas mayor que tu fuerza de voluntad.

Otra gente tiene siempre algún sermón en la boca y algún culpable en su lista, pero yo siempre he preferido hundirme con mis colegas a regañarles desde la orilla mientras se ahogan. Tal vez porque con los años he desarrollado la tolerancia característica de los que tenemos mucho que callar y ninguna gana de prohibirle nada a nadie nunca. Parece mentira que estando tan claro haya gente que no lo entienda.

Para los buenos amigos, claro...

(Carta a Bob, por un sabinero almeriense)

sábado, 20 de febrero de 2010

Nuevo Despertar / The Awakening



Es un nuevo despertar. Quiero utilizar las palabras concretas,
las que deben ser para que no caiga en la intrascendencia, ni en la exageración.

Ha sido un nuevo despertar. Desde hace tiempo, Bob no se detenía a escribir. Bob siguió sus caminos diarios, su curso, sus quehaceres... pero con luz diferente. El paisaje, aún pareciendo el mismo, era distinto.

No hay forma de escribir lo que quiero escribir sin que se sienta, se viva.

Hoy es uno de esos días en que sientes que lo que uno tiene que hacer no supone una carga, sino una de las aldeas por las que pasar antes de completar el camino hacia la meta. Ahora esa meta no es el culmen de un esfuerzo mecánico, costoso y frío. Es belleza pura para alcanzar a la Belleza.

El faro alumbró, y Bob lo vío, y no... No fue una alucinación ni un espejismo. Fué la luz más bonita, clara, pura y blanca que jamás haya visto tanto en vida como en sueño. Llegó al faro, y la puerta se abrió justo cuando llegó al umbral. Ahora desea descubrir todos sus espejos con los que alumbra, aquellos que aún no ha visto, los recovecos de la escalera tras los muros que nadie antes había notado, los cimientos de tal monumento, la cristalera de la cúspide, las vistas desde arriba hacia el infinito, la puesta de sol y los amaneceres como nadie nunca había podido verlos.


Como tú ninguna, pero como yo te miro a tí, nadie.
Puede que haya miles de millones acechando a tus puertas, o que lo harán en un
futuro.
Nadie podrá mirarte como yo lo he hecho cada segundo que te he visto,
escuchado, contemplado y deseado...


domingo, 7 de febrero de 2010

Bob V: El faro es falso. La hiena pasa hambre.

Bob la recordaba, pero sólo por un rato...

Según su onomástica debía ser una persona perseverante, emprendedora, que consigue lo que se propone gracias a su constancia. Le daría una importancia sin igual a su familia y los sentimientos, mostrándose a veces emocionada en exceso. Deribado de eso -pensó-, ella no declararía su amor hasta que estuviera segura del amor de su pareja hacia ella. El no le hacía mucho caso a ello. Para ser sinceros buscó su nombre en el índice hasta pasados año y medio. ¿Acertó? fifty-fifty.
Bob no se creía que fuera emprendedora. Pero eso sí, amante de su familia, pues la anteponía a su misma vida. Recuerda aún cuando un día le comunicó a ella que se iría pronto lejos, porque su vida tenía que seguir su curso. Unas lágrimas brotaron de sus ojos... "no te vayas" sollozó. Sin saber por qué, hizo un mutis que camuflaba angustia. ¿Por qué alguien con la que apenas guardaba relación reaccionaba de tal forma? ... a veces emocionada en exceso...
En otra ocasión, no importaba la hora, intentaron salir a las tantas a ser bañados por la luna... y también por el olor animal de la danza otoñal. Simulacro. Varios intentos de encontrarse. Él se dejaba algo más que el sueño. Ella dejaba poco más que una risa casual. Al final, el cohete nunca explotaba, porque la vela nunca dejó que el mechero hiciera su labor. Perseverante, emprendedora, que consigue lo que se propone...
No se propuso nada. Sólo no estar sola.

- Ey, ¿un café esta tarde? Porfa...
- No puedo.

Ella siempre daba la vuelta antes del cruce. Aunque fuera ella quien arrancara el coche.
Esta vez, él no se montó. Aunque el coche fuera aire.

No se propuso nada. Sólo no estar sola.

lunes, 25 de enero de 2010

Bob IV: Memoria histórica

Bob recordaba cuándo quería leer, simplemente leer, para acercarse más a ella. Continuamente se decía a sí mismo “haz ésto, haz lo otro, no seas vago, culturízate, escucha tal, escucha cual”, etc.
La literatura –fuera la que fuese, es perezoso para leer, aunque le encanta- y esos grupos de los que no tenía ni idea conformaban a sus ojos un estilo de vida interesante, atractivo. Podría decirse que “exótico” en cierto sentido.

Y es que cuando le inundó con su magia le dejó marcado. Ese tatuaje siempre le acompañará… aunque ahora está algo borroso. Será el paso de los meses… Bob agradece a esa marca el haber crecido en él interés por unos paisajes que antes ignoraba y que ahora está empezando a visitar y a oler la frangacia de sus flores.

Deseando amar, colores cálidos mezclados con la soledad de un sobrío claroscuro.


Pinceladas de tí sobre mi virgen lienzo ébrio de tu ser…

Entrada destacada

Suelo / Duelo

Es algo de lo que no quiero escribir. No yo, creo que nadie querría tener que escribir, porque te lleva a revivir los recuerdos. Hacer una c...

Entradas más populares